“Una maravilla llamada Born”, por Ernesto Tenembaum

Tenembaum

En junio de 1975, hace exactamente cuarenta años, en la Argentina se produjo un récord aún no superado: se pagó el mayor rescate de la historia mundial, nada menos que sesenta millones de dólares. La operación ?desde que se inició el secuestro hasta que se liberó al último de los dos hermanos detenidos? duró nueve meses. Uno de los problemas centrales para los secuestradores fue que el padre de los rehenes ?el que tenía la llave para pagar el rescate? no solo no aceptaba entregar el dinero: ni siquiera les atendía el teléfono. Por eso, decidieron matar ejecutivos de la empresa que conducía. A uno de ellos lo interceptaron en plena calle y lo fusilaron en segundos, delante de su hija de 23 años: ese crimen quedó olvidado en la historia, como si tal cosa. Todo esto ocurrió en medio de un país asolado por la violencia de distinto signo. La organización que produjo el secuestro ?Montoneros? embolsó el botín, que mucho tiempo después serviría para financiar la campaña electoral de Carlos Menem. A cambio, Menem benefició a los aportantes con el indulto. Toda esta trama, tan inverosímil como real, está contada en Born, de María O? Donnell, el libro más vendido de las últimas semanas.

La década del setenta es una herida abierta hacia la cual el debate público vuelve una y otra vez, como ocurre con los hechos traumáticos en la vida de las personas. Desde comienzos de los ochenta, se han escrito libros sensacionales con distintas perspectivas. Recuerdos de la Muerte, de Miguel Bonasso, es la gran novela sobre los campos clandestinos de detención. Los soldados de Perón, del inglés Richard Gillespie, es la investigación más rigurosa sobre Montoneros. La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez es un retrato fantástico sobre el regreso de Perón en el 73. En El ejército: del escarnio al poder, Rosendo Fraga derrocha inside information sobre el proceso que vivieron los militares desde el 73 al 76. La Soberbia Armada, de Pablo Giussani, es uno de los grandes libros de ensayo político de la historia argentina, que generó una reacción tan natural como furibunda por parte de quienes reivindican a la así llamada ?juventud maravillosa?. Y es imposible, para quien quiera entender lo que pasó, prescindir del monumental La Voluntad, de Martín Caparrós y Eduardo Anguita, de Ezeiza, de Horacio Verbitsky o de la investigación de Ceferino Reato sobre el asesinato de José Rucci, el sindicalista más leal a Perón, o el magnífico trabajo de María Seoane sobre la vida de Santucho, el líder del Erp, o la biografía de Galimberti, de Marcelo Larraquy y Roberto Caballero.
Era difícil encontrar un punto de vista original, dada la riqueza del material que ya existe. Sin embargo, el libro de O? Donnell lo logra: cualquiera que lo hojee seguramente terminará atrapado hasta la última página de esta novela policial tensa, que no pierde suspenso ni sorpresa ?pese a que todo el mundo conoce su final? y que fuerza a preguntarse una y otra vez si eso sucedió de verdad en nuestro país o si se trata de una mera ficción.
Pero no es ese su principal valor, que ya es bastante.
O? Donnell no pertenece a la generación que vivió la década del setenta. No parece atravesada por ninguna necesidad de demostrar nada, ni de ser fiel a otra causa que no sea la escritura de un relato magnético. Eso se revela en el lenguaje delicado del texto que, paradójicamente, lo hace más certero. Pero también en otro rasgo que quizá sea su principal virtud: es un libro escrito sin miedo.
Para una persona democrática, es siempre riesgoso contar lo que sucedió antes de marzo del 76. En las últimas décadas, hubo un esfuerzo conmovedor de un sector amplio de la sociedad por transmitir el horror que había ocurrido durante la dictadura. La represión ilegal fue un fenómeno tan atroz, que tapó gran parte de las historias que la rodearon o precedieron. Al lado de los campos de concentración, de las desapariciones, los vuelos de la muerte, el robo de niños, ningún crimen, ningún antecedente, tenía entidad. Y era razonable que fuera así. Escribir sobre lo que ocurrió antes es muy delicado: un paso mal dado, puede ubicar al autor cerca de aquella dictadura, porque exhibir los crímenes de la guerrilla podría servir a quienes justifican la represión ilegal, o quedar atrapado en la extorsión según la cual lo único que se puede decir de Montoneros era que formaban parte de una juventud maravillosa.
Born supera esa prueba porque, simplemente, cuenta: sin omisiones, sin culpa, si reverencias impostadas, sin cuentas pendientes, sin tabúes, sin slogans, sin moralejas.
Cuenta la audaz operación de un grupo de jóvenes, que consistió en secuestrar a los dos hijos de uno de los hombres más poderosos del país. Cuenta que antes habían asesinado a un ex dictador, a un jefe de la Policía Federal, a un cónsul norteamericano, a un jefe de la CGT, a un ex ministro radical, entre muchos otros blancos ?seres humanos? de menor jerarquía. Y también la manera en que esos jóvenes condenaban a muerte y ejecutaban a sus propios compañeros, cuando sospechaban, sin pruebas contundentes, que habían hablado de más en la tortura. Y cómo, con qué palabras, con qué argumentos, justificaban, y a veces presumían, de esos actos. Y cuenta las sofisticadas tretas y maniobras de la clandestinidad. Y las improvisaciones, a veces delirantes, de esos jóvenes, por ejemplo, en el manejo del botín. Y cómo estaban involucradas, en todo ese proceso, personalidades de la cultura transformadas, gracias a su muerte, en próceres, sobre todo ante jóvenes que, tal vez, no supieran las cosas que hicieron o toleraron. Y, por si fuera poco, cuenta una versión de la historia de Papel Prensa que fue prolijamente omitida en los relatos oficiales de estos años.
Es difícil, al recorrer las vertiginosas páginas de Born, reconciliarse con el concepto de la ?juventud maravillosa?, no preguntarse qué hubiera pasado si lograban tomar el poder y, más aún, cómo es que sus sobrevivientes, en su mayoría, prefirieron ofrecer a las nuevas generaciones, una versión apologética de sí mismos, en lugar de una que permitiera aprender de tanto dolor, de tantos errores: revisar esa historia con valentía en lugar de esconderla debajo de consignas.
Tal vez, justamente, el dolor ?la herida abierta? haya impedido a la mayoría hablar libremente de lo que ocurrió. Vaya uno a saber.
Pero los vacíos que unos dejan, suelen ser cubiertos por otros. Y Born, tal vez sin buscarlo, cumple esa función.

La historia argentina se ha contado siempre con tanta pasión como se la ha protagonizado. Contra quienes pretenden que los relatos sean homogéneos, lineales y dominantes, como si se tratara de una batalla donde unos ganan y otros pierden, la multiplicidad de voces permite recorrerla en toda su riqueza y complejidad.

Born es un magnífico aporte a esa tradición.

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